Thursday, October 19, 2006

A ROOM IN BARCELONA

Pasé un tiempo en Barcelona trabajando en el departamento de genética de la UB. En el alto de Gracia me dieron una habitación. Cruzando la plaza Lesseps maltratada por las obras me cargué una rueda de la maleta. Allí, tirando de una maleta en equilibrio sobre una rueda, busqué el edificio y apreté el timbre.
La chica apuntó el número de mi ADN plastificado, sacó el dinero de mi tarjeta de crédito y me dio la llave de la puerta n°813. «El ascensor está a la derecha» , dijo, apuntando un dedo hacia la ventana de su oficina.

Llegando a la octava planta, me crucé con el pecho desnudo bien provisto de apetitosas tabletas de chocolate de mi vecino, antes de detenerme delante de la puerta cuya pegatina me daba la bienvenida. Abrí. Tiré las maletas al suelo, dejé el equipaje en el medio y me puse a levantar la persianas. me apoyé en el hormigón de aquel edificio, y miré. Miré hacia el este, hacia Montjuic, miré el espacio que me separaba del nivel del mar. Pensé en Marylin, pensé en Jean Seberg, pensé en Bénédicte. Pensé en ellas y en las mañanas que duermen. Olía a puerto, se escuchaban los gritos de las gaviotas en medio de los motores, cohetes resbalando en las avenidas. Ruido y luz se mezclaron en una profecía.



Miré de madrugada, miré de día, miré de noche. No podía parar de mirar la luz opaca que caía sobre la ciudad, y los agujeros amarillos que se formaban dentro de las casas. Saqué a Canon. Le puse un nuevo cartucho a Canon. Y el Canon de un lado, y el visor del otro. Buscarle un lugar a Canon. Buscarle un momento oportuno. Elegí “entre chien et loup”: Cuando la luz alcanza esa matiz es cuando una ciudad empieza a vivir. Para dar cuenta del nacimiento nocturno, disparé.

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